Es importante saber que la deshidratación es un problema que puede aparecen en la piel al margen del tipo de piel que tengamos. Es decir, aunque tengamos la piel grasa, mixta o seca, todos podemos padecer deshidratación de la piel en algún momento de nuestra vida.

La deshidratación de la piel depende de factores –externos e internos- como los ambientales (frío, contaminación, radiación UV…), el tabaco y el alcohol, el estrés o el cansancio, entre otros.

Las causas que provocan deshidratación en la piel son diferentes en cada persona. Sin embargo, la forma de manifestarse sobre la piel suele ser siempre la misma. Para reconocer si nuestra piel está sufriendo deshidratación es observar nuestra piel. Si observas que ha perdido luminosidad o bienestar, o si notas una sensación persistente de tirantez, sobre todo después de la ducha, si aparecen escamas, puede que tengas la piel deshidratada.

Diferencias entre la piel deshidratada y la piel seca

La deshidratación de la piel es un estado pasajero y que tiene solución. Lo que ocurre es que la capa superficial de la epidermis sufre una fuerte falta de agua. Esto se traduce en que la ausencia de hidratación no permite que la barrera protectora ejerza su función correctamente, lo que conlleva un malestar en la piel.

La piel seca o muy seca es un estado permanente de la piel. Define un tipo concreto de piel y demuestra que hay una carencia tanto de agua como de lípidos.

¿Cómo tratar la piel deshidratada?

Uno de los imprescindibles para evitar que nuestra piel llegue a un estado de deshidratación es beber al menos 1 litro y medio de agua al día. Evitar calefacciones y aires acondicionados altos es otra de las formas de evitar llegar a este estado.

También es importante utilizar productos de higiene y cuidado de la piel que no sean agresivos con la barrera protectora natural y que ayude a conservar el pH. Lo fundamental es evitar que el agua se evapore de la piel para que nuestra epidermis esté hidratada, e ir reparando la barrera protectora.

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